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EFECTOS PSICOLÓGICOS CAUSADOS POR LOS SISMOS DE 1985 EN ESTUDIANTES DE MEDICINA

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EFECTOS PSICOLÓGICOS CAUSADOS POR LOS SISMOS DE 1985 EN ESTUDIANTES DE MEDICINA

Mensaje por Argon el Jue Ene 23, 2014 7:13 am

Trabajo presentado en el Tercer Congreso Mexicano de Epidemiología. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 6 de agosto de 1987.


Resumen
Ocho meses después de los sismos de septiembre de 1985 en la Ciudad de México, se efectuó un análisis sobre la presencia de los síntomas psicológicos comúnmente asociados con situaciones traumáticas semejantes, en una población estudiantil conformada por 708 alumnos del primer grado de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). A través de un cuestionario, los estudiantes informaron los síntomas que tuvieron antes de los sismos, durante las siguientes dos semanas y al momento del estudio. La prevalencia de síntomas en el momento de la encuesta fue superior a la referida antes de los sismos, lo que traduce que este tiempo (ocho meses) fue insuficiente para la remisión completa de los casos surgidos a partir de los desastres. El sector de la población en el que los sismos pueden considerarse como factor desencadenante de sintomatología persistente ocho meses después, ascendió al 15.8 por ciento. Hubo otro sector previamente sintomático que informó remisión después de los sismos (11%). El grupo de damnificados expresó una tendencia mayor de conversión a estados sintomáticos, y el daño más consistentemente asociado fue la lesión grave o muerte de familiares, personas cohabitanter : figuras significativas en el plano afectivo. El sexo femenino fue el más afectado psicológicamente.


Introducción
LOS SISMOS REGISTRADOS en la Ciudad de México los días 19 y 20 de septiembre de 1985, desencadenaron en un número indeterminado de personas alteraciones psicológicas diversas, clasificables globalmente bajo el síndrome de neurosis traumática.

Los síntomas más frecuentes que informaron los profesionales de la salud mental en los días inmediatos posteriores a los sismos fueron: irritabilidad exagerada, miedo y angustia, poca disponibilidad para el reposo e insomnio Desde luego, las personas más afectadas sufrieron directamente la pérdida de familiares, seres queridos, habitación o bienes necesarios para su sostenimiento. Desde entonces se anticipaba que una vez resueltos los problemas de superviviencia básicos y terminadas las labores de rescate, la gente comenzaría a tomar plena conciencia de las pérdidas sufridas, se agudizarían sentimientos como la desesperación, impotencia, tristeza y depresión, y se evidenciarían los casos de duelo patológico o mal elaborado en todas sus modalidades posibles.


Se sabía también que la situación de catástrofe acarrearía, aun a mediano plazo, consecuencias psicológicas profundas y difíciles de resolver en términos colectivos, no sólo en relación con la atención especializada requerida, sino en cuanto a su posible cristalización en la intensificación de tensiones sociales2 Por lo tanto, las diversas instituciones del sector salud coordinaron sus esfuerzos con otras tantas corporaciones de especialistas de la salud mental, abocándose primordialmente a la atención y prevención de las crisis psicológicas de los damnificados acogidos en albergues, campamentos y refugios provisionales.3

Algunos autores4,5 han clasificado bajo distintas denominaciones las reacciones observables ante los fenómenos de desastre natural. Todos coinciden en que la reacción inicial a nivel individual se caracteriza por un estado transitorio de choque psicológico, determinado por la dificultad del aparato psíquico para controlar la excitación causada por el estímulo.

La calidad y duración de este estado dependerá tanto de las características del evento como de la personalidad del sujeto, de su situación constitucional, de sus experiencias previas, así como de su estatus social y cultural.6
 
Durante el intento de recuperación del equilibrio perdido las diversas funciones del yo disminuyen, la excitación puede manifestarse a través de accesos de emoción, en particular de ansiedad o dificultad para la relajación, insomnio, o bien sueños típicos en los que el trauma se experimenta una y otra vez en un intento primitivo de elaboración que también puede presentarse bajo la forma de fantasías, pensamientos (ideación obsesiva) o simples sensaciones.7

A nivel colectivo, la intensidad de estas reacciones tiene variantes acordes con la experiencia que sobre desastres tengan los habitantes de la región afectada y con sus tradiciones culturales, pero en general la gente actúa más bien en busca de protección para sí misma en forma irracional y, es frecuente que aflore un sentimiento de solidaridad, a menos que el resentimiento y la hostilidad hayan existido previamente6

Por lo regular, la segunda fase sobreviene de uno a seis meses después, criando puede efectuarse un balance de las consecuencias de la catástrofe y conciencia de las limitaciones para su reconstrucción. Por consiguiente, predominan la impotencia, la depresión, el ensimismamiento, el resentimiento o el sentimiento de culpabilidad por ser superviviente o no damnificado; todo ello en grados variables, que a nivel individual dependen de la capacidad del sujeto para atravesar el proceso de duelo, y a nivel colectivo, de la disponibilidad de recursos sociales para responder a las necesidades emergentes de la población, del sentimiento de solidaridad y de la confianza que como grupo pueda fincarse en los propios recursos para salir avante5

En la última fase, de siete meses a tres años después del fenómeno, se lograría en el plano mental la recuperación de la fortaleza y logica previamente existente, o bien sería posible detectar las secuelas resultantes de la incapacidad de adaptación a las nuevas condiciones.

La asimilación normal de la experiencia traumática o bien la aparición de complicaciones psicopatológicas, depende no sólo de la magnitud de la misma, sino también de la predisposición morbosa preexistente, la cual encuentra su determinación en las características constitucionales del sujeto, así como en sus experiencias previas, en particular aquéllas que estructuraron su aparato psíquico.7,8 Asimismo depende del desarrollo emocional alcanzado, lo que plantea diferencias importantes acordes con la edad del sujeto.9

En el presente estudio se consideró importante detectar las posibles secuelas que a nivel psicológico hubieran dejado tras de sí los sismos, en una población joven o de adolescentes tardíos. Para tal fin se tomó a la población que ingresó a la Facultad de Medicina de la UNAM en 1986. En especial se intentó esclarecer:

a) Si hubo un aumento de casos sintomáticos a nivel psicológico imputable a la acción de los sismos en dicha población, al concluir la segunda fase adaptativa descrita

b) Diferencias sintomáticas entre los estudiantes damnificados y los no damnificados

c) La acción diferencial de los diversos daños sufridos sobre la sintomatología psicológica.


Se partió de la hipótesis de que la proporción de casos con sintomatología psicológica habría regresado a la situación previa a los sismos después de un periodo de ocho meses, tiempo descrito en otros estudios como suficiente para la elaboración de la experiencia traumática; no obstante, podría haber diferencias al comparar a los estudiantes según su condición de ser o no damnificados. También se consideró que los casos sintomáticos desde antes de los sismos no corresponderían precisamente a los existentes ocho meses después, pues aunque el evento provocara la aparición o agudización de síntomas en personas predispuestas, no necesariamente todos ellos tendrían una resolución patológica.

Así, los objetivos que guiaron la presente investigación fueron: a) identificar la sintomatología psicológica que presentó la población en estudio ante una situación de estrés extremo; b) detectar a los alumnos damnificados y no damnificadas para comparar su comportamiento sintomático durante los sismos y ocho meses después; c) determinar la asociación existente entre cada uno de los daños y la presencia de síntomas psicológicos en los damnificados; y d) identificar al sector que manifestara deseos de recibir atención psicológica para proporcionársela.
Material y Métodos
El estudio puede clasificarse como una encuesta descriptiva,10 ya que los datos corresponden a un corte transversal en el que se indagó tanto el estado psicológico previo, como el actual.

De la población constituida por 858 alumnos inscritos en la Facultad de Medicina de la UNAM en 1986, lograron captarse 708 (82.5%), una vez que se eliminaron los cuestionarios incompletos. Se registraron 341 individuos del sexo masculino (48.2%) y 367 del femenino (51.8%), cuyas edades fluctuaron entre los 17 y los 21 años.

En mayo de 1986 se recabaron datos mediante la aplicación de un cuestionario con 42 preguntas; los alumnos contestaron en un tiempo promedio de 30 minutos, durante el horario destinado a una de las asignaturas del primer año de la carrera y fueron introducidos al problema por el equipo de investigadores. Dicho cuestionario estaba encaminado a dilucidar:

1. Los síntomas psicológicos que percibían en sí mismos los estudiantes (27 preguntas); a) en el tiempo inmediato previo a los sismos de 1985; b) durante las dos semanas siguientes; y c) ocho meses después, es decir, en el momento de la aplicación del cuestionario.

2. Los daños físicos (cuatro preguntas), humanos (seis preguntas) y materiales (dos preguntas), sufridos a consecuencia de los siniestros.

3. La atención psicológica recibida o el deseo de obtenerla (tres preguntas).


En la primera parte del cuestionario, para explorar la sintomatología psicológica existente en los tiempos previo, durante y después de los sismos, se incluyó un listado de nueve de los principales síntomas que se presentaron tales como angustia, depresión, transtornos del sueño, hiperactividad, ideación obsesiva, etcétera, de acuerdo con la revisión bibliográfica realizada, al ocurrir este tipo de desastres a fin de que el estudiante señalara cuáles de ellos padeció en cada momento. En esta forma sólo se consideró la presencia o ausencia de los mismos y no el grado de severidad, para seleccionar los casos.

Basarse sólo en la sintomatología recordada e informada para la identificación de casos sintomáticos, implica como limitaciones principales: a) que pudieran haberse omitido como "casos" a las personas que teniendo sintomatología, utilizaron mecanismos de defensa que les impidieran tener conciencia de su estado psicológico; b) que pudiera haber existido una percepción diferencial de la sintomatología en los tres tiempos explorados, lo que podría originar que algunas personas hayan tendido a imputar a los sismos la aparición de problemas previamente existentes, sobreestimándose por ello sobre todo la frecuencia de casos en el segundo tiempo; 3) que pudieran haberse omitido o sobreestimado como casos a las personas que no hayan contestado en forma veraz (lo que intentó minimizarse mediante la resolución voluntaria del cuestionario); y 4) que pudiera haber existido una amnesia importante de lo sucedido ocho meses antes.

Con respecto a esta última objeción, tal vez la de mayor importancia, se consideró que las situaciones traumáticas poseen la cualidad de permanecer latentes durante un lapso mucho mayor que otros eventos, en virtud de su necesidad de elaboración psíquica. Al realizarse una prueba piloto del cuestionario, se comprobó que todos los sujetos afirmaban recordar las sensaciones y problemas experimentados (tal vez ayudados por sus características culturales y la influencia de los medios masivos de comunicación, que subrayaban constantemente la influencia de lo acontecido sobre el estado psicológico de la población), se decidió continuar con el mismo diseño, en este punto similar al de Leopold y Dillon.11

Aunque los otros obstáculos se consideraron importantes, dado que se carecía de un diagnóstico mental previo se decidió confiar en la percepción subjetiva de los alumnos para la definición de "caso sintomático", ya que sólo se pretendía observar el comportamiento de la sintomatología usualmente relacionada con estos fenomenos traumáticos y no la determinación de diagnósticos de patología mental.

Se calificó como damnificado a aquel alumno que hubiera sufrido daño físico en su persona, cohabitantes o seres queridos; al que estuvo atrapado bajo los escombros; al que perdiera familiares o personas afectivamente significativas; y también al que sufriera daños en su habitación o bienes necesarios para su sostenimiento económico.

Las razones para una definición tan amplia fueron de índole psicológica, ya que todos los casos mencionados ameritan un trabajo de duelo.

Una vez recabados los datos, el primer paso consistió en identificar a los alumnos que manifestaron interés en recibir atención psicológica, procediendo a citarles y a canalizarles, según el caso, al servicio de Salud Mental de la Facultad de Medicina.

Después de describir los síntomas referidos, identificar los daños y clasificar a la población en subgrupos, se procedió a comparar la frecuencia de casos sintomáticos en los tres tiempos mencionados.
 
Para aclarar las secuelas psicológicas que dejaron los sismos, se comparó la frecuencia previa y durante mayo de 1986 de los casos sintomáticos, y se identificó al sector que presentó transtornos de inicio durante los sismos. También se comparó en los dos subgrupos (damnificados y no) a los estudiantes que modificaron su estado psicológico, convirtiéndose de no sintomáticos a sintomáticos o viceversa.

Se analizó la asociación de los distintos daños sufridos por los damnificados y los estados sintomatológicos encontrados.

Los resultados del estudio se compararon mediante la prueba de x2 con distintas modalidades (corrección de Yates y prueba de McNemar) y la prueba z.
Resultados
De acuerdo con los cuestionarios aplicados, durante las dos semanas siguientes a los sismos el 80 por ciento de la población (566 casos) presentó sintomatología psicológica. La mayor parte de los alumnos tuvieron más de un síntoma. Los más frecuentes fueron: temor y angustia (58%), depresión (55%), ideación obsesiva (43%) y transtomos del sueño (29%); entre estos últimos predominaron el insomnio (22%) y las pesadillas (16%), siendo frecuente la aparición simultánea de ambos (cuadro I).





Los datos arrojaron un total de 140 alumnos damnificados (19.8%). De ellos, el 30 por ciento sufrió daños materiales, tales como daño en la vivienda (17.1%), necesidad de cambiar de domicilio (10%), pérdida de las fuentes de trabajo propias o del tutor (2.8%).

Entre los daños a las personas encontramos que tres alumnos (2.2%) quedaron atrapados bajo los escombros y cinco (3.6%) sufrieron lesiones propias que no ameritaron hospitalización.

El 6.4 por ciento tuvo defunciones de cohabitantes en el hogar, y el 4.3 por ciento informó lesionados graves entre las personas con quienes convivían.

El 53.6 por ciento manifestó defunciones y lesiones graves entre familiares o amigos cercanos que no convivían con ellos en el hogar.

De los 708 alumnos que contestaron el cuestionario, se identificaron 164 casos con sintomatología psicológica antes de los sismos (23.2%); cifra que aumentó a 566 estudiantes durante las dos semanas siguientes (80%); hubo un decremento hasta 198 casos, ocho meses después (28%).

El cuadro II muestra la distribución de casos sintomáticos según sexo en la población estudiada. Al aplicar a los datos la prueba de x2, la diferencia fue estadísticamente significativa durante los sismos y ocho meses después, tiempo en los que el porcentaje de mujeres sintomáticas superó al de los varones. Esto indica que el sexo femenino constituyó un grupo más vulnerable a sufrir los efectos psicológicos derivados del evento traumático.




Para precisar las secuelas que en el terreno psicológico dejaron los sismos, es necesario analizar el comportamiento de la sintomatología referida en los tres tiempos explorados. En la figura 1 puede observarse que del total de alumnos que presentaban sintomatología antes del fenómeno (23.2%), poco más de la mitad (12.2%) continuaban sintomáticos para el mes de mayo, mientras que en el 11 por ciento habían desaparecido las alteraciones. Así, en mayo es posible identificar de nuevo al sector sintomático originado antes de los sismos (12.2%), y a otro cuyo origen se ubica durante los sismos (15.8%; 112 casos). Este último puede considerarse como asociado a la acción de los sismos y abarca a más de la mitad (56.4%) de los casos existentes ocho meses después.





En el grupo de los damnificados se observó que la proporción de estudiantes sintomáticos antes de la catástrofe ascendía al 31.4 por ciento (44 casos), incrementándose durante las dos semanas siguientes al 90 por ciento (126 casos), para descender ocho meses después al 41.4 por ciento (58 casos). En el grupo de no damnificados las cifras correspondientes en los tres tiempos fueron del 21.2 por ciento (120 casos), 77.5 por ciento (440 casos), y 24.6 por ciento (140 casos) (cuadro III).



Al aplicar la prueba de McNemar al número de casos que permanecieron en el mismo estado sintomatológico previo o que presentaron variaciones, se encontró que la diferencia entre el número de estudiantes damnificados que pasaron de sintomáticos a no sintomáticos (19 casos), y el número de los que pasaron de no sintomáticos a sintomáticos (33 casos), resultó ser estadísticamente significativa (p< 0.05); mientras que la misma diferencia, medida en el grupo de no damnificados, no tuvo significancia estadística (cuadro IV).



Respecto a la influencia específica que tuvieron los distintos grupos de daños, durante las semanas siguientes a los sismos se encontró una diferencia estadísticamente significativa al comparar el número de casos correspondientes a los alumnos que sufrieron pérdidas o lesiones graves en figuras significativas, contra los casos relacionados con el resto de daños (cuadro V).





Ocho meses después no hubo ningún grupo de daños que influyera de manera significativa en la persistencia de la sintomatología de los estudiantes damnificados; pero al desagregar el primer grupo (daño en las personas), se encontró que si la lesión o defunción correspondía a personas que cohabitaron con mayor cercanía afectiva con el alumno, la diferencia persistía aún en ese momento.

Por último, al indagar las tendencias de cada uno de los síntomas informados por los estudiantes (daminificados y no), pudo observarse que sólo la angustia y la exageración de los problemas cotidianos tuvieron un aumento con significancia estadística (p< 0.05; z = 2.4 y 2.5 respectivamente), en el primer caso con un incremento del 3.5 por ciento y en el segundo del 2.3 por ciento.

Como consecuencia de los sismos sólo seis alumnos (0.8%) solicitaron apoyo psicológico o psiquiátrico antes del estudio, y uno continuaba en tratamiento en el mes de mayo. Sin embargo, 98 estudiantes (13.8%) expresaron en el cuestionario su deseo de recibir atención especializada. De ellos, solamente 54 acudieron a la entrevista fijada y 13 (de 43 canalizados) asistieron después al servicio universitario para tratamiento.

Se corroboró que el deseo de recibir dicha atención fue superior entre los damnificados (18.9% en contraste con 12.5%; x2= 1.2, p< 0.05); sin embargo, la proporción de alumnos asistentes a la entrevista fue similar.

Durante las entrevistas se detectaron diferencias importantes en cuanto a los motivos de consulta manifestados por damnificados y no damnificados. Entre los primeros se registró con mayor frecuencia la angustia (x2= 9.58; p< 0.01), mientras que la dzpresión (x2= 9.54; p< 0.01) ocupó un lugar más importante en el segundo grupo. En el grupo de damnificados hubo referencia espontánea a la presencia de síntomas de repetición, en especial sueños o sensaciones cenestésicas, mientras que en el otro grupo no hubo tales referencias.
Discusión
Con base en los resultados obtenidos, puede afirmarse que la intensidad del estímulo fue presumiblemente tan abrumadora que tuvo efectos traumáticos en casi todos los individuos. Sin embargo, la aparición de los síntomas más frecuentes en la mayor parte de la población estudiada (temor y angustia, depresión, ideación obsesiva y transtornos del sueño) no traduce en sí la aparición de patología, sino que expresa los mecanismos mediante los cuales se trata de controlar en forma adaptativa la excitación perturbadora y de restablecer la economía psíquica. Desde luego, las posibilidades de triunfo de tales mecanismos son menores en personas en quienes el equilibrio se encontraba ya alterado en virtud de la existencia de configuraciones internas conflictivas, las cuales son movilizadas por el estímulo.

Tyhurst (citado por Wilkinson) realizó en Estados Unidos estudios sobre el comportamiento individual y el grado de inhibición o bloqueo de las funciones del yo ante desastres similares, estimando que entre el 12 y el 25 por ciento de la población permanecía en calma, manteniendo su capacidad para funcionar rápida y apropiadamente. Agrega que es posible observar entre el 10 y el 25 por ciento de los damnificados respuestas inapropiadas tales como llanto histérico, gritos, marcada confusión, ansiedad y a veces rompimiento con la realidad. En la presente investigación, sólo el 20 por ciento de los alumnos no manifestaron sintomatología por lo que los resultados son comparables a los publicados por Tyhurst.

Desde la perspectiva psicoanalítica es posible interpretar los síntomas psicológicos referidos por los alumnos durante las dos semanas siguientes a los sismos. La incidencia de una excitación demasiado intensa sobre el aparato psíquico origina una situación de emergencia que se manifiesta parcialmente en descargas involuntarias arcaicas, hasta cierto punto inespecíficas. A la situación objetiva de hallarse inundado de excitación incontrolada, corresponde un sentimiento subjetivo de sentirse sumamente dolorido (deprimido); la presencia de este dolor es muy similar a la ansiedad. Ello explica que la ansiedad y la depresión aparecieran a la par como síntomas predominantes.

Los síntomas que siguieron en frecuencia se denominan síntomas de repetición, ya que representan un esfuerzo del organismo para lograr por este recurso el control de la perturbación. Las repeticiones del trauma pueden ser concientes: el individuo no puede librarse de la necesidad de pensar una y otra vez sobre lo ocurrido (ideación obsesiva); o bien inconcientes: las pesadillas, de efecto torturante, que sin embargo representan una posibilidad de descarga que ayuda a librarse de las tensiones. Por otro lado, un organismo en excitación es usualmente incapaz de conseguir la relajación que presupone el sueño, lo que facilita el insomnio; por lo tanto, es comprensible que los transtornos del sueño ocuparan también un lugar importante.

Al comparar nuestros resultados con los obtenidos por otros autores, que realizaron estudios de prevalencia sintomática y sindromática durante los dos meses siguientes a los sismos en población damnificada refugiada en albergues, observamos grandes semejanzas en el nivel cualitativo. Por ejemplo, Tapia y colaboradores,12 encuentran el síndrome de estrés postraumático en el 32 por ciento de su muestra, y señalan como síntomas principales: sensación de que el sismo volverá a producirse (60%); recuerdos recurrentes del evento; temor al recordar el desastre; evitación del lugar del desastre (36%); sueños repetitivos; dificultades en el dormir; y culpa por ser sobreviviente (31%).

Dejando a un lado las sensaciones cenestésicas (por ser un tanto discutible el fenómeno subjetivo en presencia de réplicas innumerables de los sismos de menor intensidad), se advierten dos diferencias: la evitación del lugar del desastre y la culpa por ser sobreviviente; ambos síntomas son de mayor importancia en una población exclusivamente formada por damnificados.

En el nivel cuantitativo, todos los síntomas aparecieron con mayor frecuencia en la población de albergues, excepto el temor, dato que no sería esperable, pero que podría deberse a la diferencia de edades, o bien al tiempo diferencial en el que fueron registrados. A pesar de ello, la congruencia de resultados es grande.

Caraveo y colaboradores,13 al investigar alteraciones psiquiátricas agudas en la misma población de albergues, informan que "entre las manifestaciones prevalentes fueron más frecuentes las de índole reactiva, que indican tensión y ansiedad". Asimismo afirman que la "tristeza persistente por dos semanas fue el reactivo que alcanzó la puntuación más alta en frecuencia". Es así que en el perfil sindromático los más frecuentes fueron los transtornos ansiosos y depresivos, con la peculiaridad de que los primeros tendían a remitir, mientras que los segundos tendían a persistir o a incrementarse.

Por último, es conveniente resaltar que los síntomas de hiperactividad y agresividad, que en nuestros resultados aparecen entre los menos frecuentes, no son por ello menos importantes y en realidad pueden estar subestimados cuantitativamente. El primero, porque las labores de rescate o ayuda a los damnificados no suelen ser contempladas como hiperactividad (dado que ésta se canaliza hacia un fin), y en nuestra población el 77 por ciento de los alumnos participó en ellas.

La agresividad, porque casi siempre se enmascara bajo el fenómeno depresivo o bien se circunscribe hacia algunos personajes (por ejemplo el gobierno "incapaz", los constructores "irresponsables", los saqueadores, etc.), pero no suele volverse indiscriminado, como lo atestigua el sentimiento de solidaridad que ha sido llamado por algunos autores la etapa de "luna de miel" social.

Con respecto a los daños, se estima que los sismos del 19 y 20 de septiembre de 1985 dejaron tras de sí cerca de 90 mil construcciones afectadas,14,15 con un saldo casi de un millón de damnificados;16 de 11 a 20 mil muertos o desaparecidos17,18 y de 30 a 50 mil heridos.17 El área destruida en la capital del país fue similar a la superficie total de Managua, así como al tamaño de ciudades como Cuernavaca, Querétaro o Pachuca. El cálculo de la tasa de mortalidad para el Distrito Federal (DF), sobre un total de 17 millones de habitantes, habría sido sobre tales estimaciones cercano al uno por cada mil. En forma análoga, la tasa de lesiones para el DF hubiera resultado en 2.9 por cada mil habitantes.

En relación con los daños materiales, el 6.2 por ciento de la población estudiantil resultó afectada en su vivienda o fuente de trabajo, cifra comparable con el porcentaje global de damnificados registrados para el DF, del 5.9 por ciento. Las diferencias no son significativas y, tomando en cuenta que los estudiantes provienen de diversos asentamientos en la ciudad, puede considerarse que no se trata de un grupo particularmente damnificado, sino de características similares al conjunto de la población citadina.

Respecto al grupo de alumnos que iniciaron sintomatología durante los sismos y continuaban presentándola ocho meses después, entonces puede englobarse la influencia del desastre dentro de la "causa estructural", que en la concepción de Sagatovsky18 sería el conjunto de condiciones necesarias y suficientes para que se produzca el efecto, interviniendo como un mecanismo de interacción de los fenómenos internos y externos simultáneo a su efecto; sin olvidar que la "causa genética", es decir, el conjunto de condiciones necesarias pero insuficientes para provocar el efecto y que lo preceden, debió tener expresión previa en la predisposición patógena dada por una estructura psíquica débil o debilitada.

Al contrastar las proporciones de alumnos sintomáticos existentes antes de los sismos y ocho meses después, se encontró una diferencia estadísticamente significativa (z = 1.75; p< 0.05).

Esto indica que la hipótesis de trabajo inicial, que afirmaba que después de ocho meses la proporción de casos con sintomatología psicológica habría regresado a la situación previa a los sismos, fue rechazada. Sin embargo, es necesario comprender este fenómeno recurriendo al análisis de los datos agrupados según la experiencia vivida durante los sismos.


Al analizar las diferencias en la proporción de casos de los grupos de damnificados y no damnificados mediante la prueba de x2, ésta resultó ser no significativa antes de los sismos y estadísticamente significativa durante ellos (p< 0.01), así como en mayo de 1986 (p< 0.001). Por consiguiente, puede considerarse que los grupos tenían características similares antes del evento, por lo que el incremento de casos, superior en los tiempos durante y después en el grupo de damnificados, se debe al efecto diferencial (más nocivo) que tuvieron los sismos en este grupo.
 
En resumen, si bien la acción de los sismos produjo un aumento significativo en el número de casos sintomáticos en la población general aún ocho meses después de los hechos, tal incremento se verificó sobre todo a expensas de los efectos sufridos sobre el subgrupo de damnificados. Leopold y Dillon11 sostienen que la naturaleza del evento traumático (en especial su magnitud y carácter repentino) es un factor determinante de estados pos-traumáticos tardíos más significativo que la personalidad previa al accidente. Su estudio muestra una gran severidad en las reacciones psicológicas y psicosomáticas de los sobrevivientes a una explosión marina, cuatro años después. Afirman que el daño psicológico tiende a empeorar con el tiempo si no se brinda el tratamiento adecuado, mismo que debe dilucidar el significado individual que tuvo para el afectado el hecho, y considerar al estado postraumático como una entidad específica que representa una falla en los mecanismos de defensa psíquicos.

Hoiberg y Mc Caughey19 también concluyeron, en un estudio de seguimiento a tres años sobre marinos que experimentaron una colisión, que el factor de mayor relevancia en la determinación de daños psicológicos fue el desastre y no la historia previa de desórdenes mentales, por lo que destacan la importancia de brindar a las víctimas atención psiquiátrica inmediata.

Archibald y Tuddenham (citados por Leopold) informaron reacciones de ansiedad en un grupo de combatientes, aún 20 años después de los eventos traumáticos; y Hocking20 sugiere que la personalidad preexistente sólo determina cuánto puede tolerar un individuo una situación patógena antes de presentar síntomas. A juicio nuestro habría que agregar que no sólo la magnitud del estímulo a tolerar está predeterminada por la personalidad, sino también su cualidad, dado que el significado individual que se asigne a la vivencia es crucial en la aparición de los síntomas.

Así, en nuestro estudio los damnificados sintomáticos representan un grupo de alto riesgo, que relfeja la falta de elaboración psíquica del evento; es posible que su estado corresponda a un efecto de magnificación de constelaciones conflictivas psíquicas previas, las cuales parecen set el factor primordial de vulnerabilidad en los efectos a largo plazo.

Al estudiar el comportamiento de los casos individuales a través del tiempo, se encontró que en aquéllos calificados como sintomáticos antes de los sismos, desapareció dicha situación ocho meses después, aun entre el grupo de damnificados. Este fenómeno era evidente en virtud de que la reactivación de procesos de duelo antiguos brinda al ego una nueva oportunidad de resolución, que puede culminar en la mejoría del estado psicológico de la persona.21

Los resultados respecto a la variación del estado sintomatológico indican que en el grupo de damnificados, los efectos de los sismos se expresaron en una acentuación de conversiones hacia estados sintomáticos, superior tanto a las conversiones en el sentido opuesto en el mismo grupo, como a las conversiones desfavorables observadas en el grupo de no damnificados.

En relación con la persistencia de sintomatología ocho meses después de los sismos, ya se mencionó que se encontró diferencia entre los que tuvieron daños en personas cercanas afectivamente y los que sufrieron otros daños. Al respecto, varios estudios realizados en diversas culturas muestran que ante la muerte de seres queridos, los procesos de duelo rara vez se completan en menos de uno o dos años.2 Otros, como el de Aheam en Nicaragua,22 encontraron que los problemas de salud mental después del desastre persistieron durante casi tres años. El presente estudio confirma que la población damnificada requeriría de un lapso mayor de ocho meses para recuperar el equilibrio emocional perdido.

Tomando en cuenta tanto el tiempo que requiere un proceso normal de duelo, como las dificultades adicionales que implica el haber estado expuesto al mismo riesgo y ser un sobreviviente, se comprenderá que en el grupo de damnificados estudiado es previsible la permanencia de síntomas por un tiempo prolongado. Por desgracia, no es esperable que la resolución sea a la postre favorable, entre otras cosas por la falta de atención psicológica oportuna.


El estudio de Hoiberg y McCaughey19 refiere que un subgrupo de 35 hombres (aproximadamente el 10% de una tripulación) fue tratado psiquiátricamente durante los ocho meses siguientes a la colisión, por presentar los síntomas que caracterizan al síndrome de estrés pos-traumático; no obstante, el seguimiento a tres años mostró un número muy elevado de internamientos psiquiátricos al comparar a los miembros de esa flota con un grupo control.

Por otra parte, es posible que en las tendencias de los síntomas (en las que sólo aumentaron la angustia y la exageración de los problemas cotidianos) haya contribuido la disminución del umbral de tolerancia a la frustración una vez que pudieron apreciarse realistamente los daños sufridos o las nuevas condiciones sociales y familiares.

Con respecto al deseo de recibir atención psicológica (mayor en los damnificados) y la búsqueda de la misma (igualen ambos grupos), tal vez sea la expresión de cierta actitud pasivo-receptiva descrita con frecuencia entre los damnificados y que traduciría la necesidad de dependencia ante la regresión sufrida por el trauma.


CONCLUSIONES

La sintomatología que con mayor frecuencia presentó la población durante las dos semanas siguientes a los sismos, no difiere de la descrita en la literatura; tenemos, en orden decreciente, temor y angustia, depresión, ideación obsesiva y transtornos del sueño. El 80 por ciento de la población presentó algún síntoma en ese tiempo.

En el sexo femenino prevaleció la referida sintomatología asociada con el evento traumático. Ocho meses después de los sismos, los síntomas que acusaron incremento significativo en la población general fueron angustia y exageración de los problemas cotidianos, mientras que en la que solicitara apoyo psicológico, los de mayor importancia fueron angustia (sobre todo entre los damnificados) y depresión (no damnificados).

En ese mismo tiempo la proporción de casos sintomáticos en la población estudiada era superior a la existente previamente a los sismos, incremento que se verificó a expensas de los efectos sufridos sobre el subgrupo de damnificados.

En más de la mitad de los casos sintomáticos durante mayo de 1986, el 15.8 por ciento de la población, los sismos actuaron como factor desencadenante de la problemática psicológica; mientras que en el 11 por ciento de la población los síntomas que habían existido previamente, desaparecieron después del desastre.

En el grupo de damnificados, los efectos de los sismos se expresaron en una acentuación de conversiones hacia estados sintomáticos, superior a las conversiones desfavorables observadas en el grupo de no damnificados.

Los daños que con mayor consistencia se asociaron a la presencia de sintomatología fueron la lesión grave o pérdida de las personas cercanas afectivamente.


http://bvs.insp.mx/rsp/articulos/articulo.php?id=001102

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Re: EFECTOS PSICOLÓGICOS CAUSADOS POR LOS SISMOS DE 1985 EN ESTUDIANTES DE MEDICINA

Mensaje por enrique echegoyen el Vie Ene 24, 2014 4:50 am

Interesante investigación Argón, ya que generalmente es u n tema que se elude y está demostrado que no es así y que de no asitirse produce secuelas en la estabilidad emocional y rendimiento descendido en los aspectos laborales e intelectuales.

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